Singapur ha quedado segunda en un ranking. crisis.
En el informe PISA de este año, Singapur quedó 1.º en Lectura; 2.º en Matemáticas y 2º en Ciencias. Singapur es uno de los países más intensamente medidos, evaluados y orientados a resultados del planeta. Está obsesionado con quedar primero en los rankings, sea de lo que sea. Por eso imagino que ha sido un golpe duro acabar detrás de China. O, para ser precisos, quedar segundos frente a los alumnos de Beijing, Shanghai, Jiangsu y Zhejiang, que son territorios mucho más desarrollados, urbanizados y educativamente favorecidos que la media china.
Este “fracaso” ya pasó en 2018
PISA es un examen que tiene lugar cada tres años. Singapur empezó a participar en 2009. En 2012 quedó tercero. En 2015 alcanzó el nº1 en las tres áreas. En 2018 perdió el primer puesto: quedó segundo en lectura, matemáticas y ciencias, por detrás de China.
Cuando The Straits Times preguntó al Ministerio de Educación, la respuesta oficial fue: no participamos para ganar.
Acto seguido, me imagino que rodaron cabezas y crearon diecisiete comités para averiguar qué había pasado. Esto último es licencia creativa. Lo que sí sabemos es que, en la siguiente edición de 2022, Singapur volvió al número uno en las tres disciplinas. China no participó aquel año, así que fue una victoria con un pequeño asterisco. Pero el asterisco casi no se ve.
Una cohorte de disciplinados estudiantes singapurenses en clase de física cuántica.
¿Cuál es el truco?
Sería fácil concluir que el secreto consiste en encadenar a los niños al pupitre hasta que aprendan matemáticas por agotamiento. Pero eso tampoco explica Singapur. Analicemos los tres elementos: el sistema, el profesorado y los alumnos.
El sistema selecciona y forma a sus profesores de manera muy distinta a España, tiene un currículo nacional extremadamente coherente y, sobre todo, hace algo que parece de ciencia ficción: cuando una política no funciona, la cambia. Esto no me lo he inventado. Entre 2011 y 2022 trabajé como consultor para muchos ministerios singapurenses —incluido el Ministerio de Educación— y puedo dar fe de ello.
De hecho, hay un factor que a mí siempre me ha parecido una de las claves de éxito de este país que fue mi hogar: los empleados públicos reciben una remuneración variable individual, incluidos los docentes del MOE. Este bonus anual puede ser de hasta cinco meses de salario. Ya tengo tu atención.
¿Es el bonus el secreto? No lo sé. Lo que sí puedo contar es la mentalidad que encontré trabajando con ellos. Los funcionarios públicos tienen otra mentalidad. Escuchan la voz del ciudadano y anticipan problemas. Prueban cosas y miden cuantitativamente los resultados, y corrigen hasta que funciona. Envían comunicaciones que se entienden. Crean aplicaciones tan sencillas que las puede manejar mi perra.
Dejo que hagas comparaciones. Rompe cosas si eso te hace sentir mejor.
El profesorado. Singapur no espera a ver quién acaba dedicándose a la enseñanza: compite activamente por los mejores graduados. El MOE selecciona centralmente a los candidatos y tradicionalmente los recluta entre el tercio superior de cada promoción. Antes incluso de comenzar su formación profesional, los graduados seleccionados pasan un periodo trabajando en un colegio para comprobar si sirven para enseñar —y para que ellos mismos comprueben si es lo suyo. Solo entonces pasan por el National Institute of Education, la única institución que forma a los profesores del sistema público. Eso permite una coherencia enorme entre selección, formación docente y prioridades del Ministerio.
El alumnado. Los estudiantes también reciben premios, especialmente por mejoras en su expediente frente a años anteriores. En 2024 lo recibieron 33.052 estudiantes, por un total de 4,3 millones de euros. Además, existen becas y otros premios por rendimiento, liderazgo y servicio. Desde hace años el Ministerio de Educación está haciendo esfuerzos por premiar competencias, más allá del expediente académico.
Y hay un dato que me parece particularmente interesante: en PISA 2022, el 86% de los alumnos singapurenses decía que sus profesores les proporcionaban ayuda adicional cuando la necesitaban, frente al 70% de media de la OCDE.
Resumen de todo esto: Singapur no solo exige mucho a sus alumnos. También exige mucho al sistema que debe enseñarles.
Qué ocurre cuando todos quieren ganar
Mi experiencia con el Ministerio de Educación me dejó claro que se preocupaban por mantener la calidad mientras evitaban que hubiera niños que se quedaban atrás. Pero ¿qué veía a pie de calle? Una sociedad que funcionaba como un reloj, pero también una presión brutal sobre las familias.
Una sociedad obsesionada con la meritocracia ha creado una industria que permite comprar ventaja. 8 de cada 10 padres mandan a sus hijos de primaria a clases de refuerzo. Es una media de 373 euros al mes por hogar. 1224 millones de euros al año. Mis compañeros se cogían bajas de meses para ayudar a sus hijos a preparar el examen de salida de primaria, el PSLE. Esto se llama “kiasu”, la versión singapurense del FOMO, pero con esteroides. Nadie quiere que su hijo se quede atrás. Todos quieren que su hijo sea el número 1. Es una carrera armamentística educativa.
La sociedad está dividida entre aquellos que apoyan un sistema que produce resultados espectaculares, y aquellos que ven (y han sufrido ellos mismos) un sistema que produce estrés, competición, desigualdad y una industria privada destinada a no quedarse atrás y arañar cualquier ventaja marginal.
El Gobierno de Singapur tendrá sus luces y sombras, pero siempre intenta escuchar al ciudadano y dar respuestas. Desde hace años está desmontando algunas de las piezas más agresivas del modelo: ha eliminado progresivamente el antiguo streaming que separaba muy pronto a los alumnos por rendimiento, ha cambiado el sistema de puntuación del PSLE —el gran examen nacional que hacen alrededor de los doce años— y ha reducido exámenes y evaluaciones. Buscando la cuadratura del círculo: bajar la presión sin bajar el listón.
Y mientras tanto, en España…
¿Cómo se compara España con Singapur?
Lectura: Singapur 1º (535) frente a España 35º (451)
Matemáticas: 2º (563) frente a 35º (457)
Ciencias: 2º (560) frente a 27º (477)
Resolución computacional: 2º (560) frente a 22º (499)
Por si eres una víctima del sistema educativo español, te lo resumo: España lo ha hecho bastante peor que Singapur.
Sería cómodo explicar los resultados diciendo que Singapur exprime a una élite académica. Pero los datos no dicen eso. No solo produce muchos alumnos extraordinarios: también consigue que muy pocos se queden por debajo del nivel básico. En matemáticas, el 89% de los alumnos singapurenses alcanza al menos el nivel básico de competencia, frente al 65% de la OCDE. En ciencias, es 90% frente a 74%. Y un extraordinario 26% alcanza los niveles superiores en ciencias, frente al 7% OCDE.
Y ¿qué hacen los dos Gobiernos? Los dos países tienen un problema educativo, pero no es el mismo.
Singapur lleva años intentando rebajar la presión, reducir el peso de los exámenes y ampliar su definición del éxito sin destruir aquello que hizo funcionar el sistema. Su pregunta es: ¿cómo podemos exigir menos sufrimiento sin exigir menos a nuestros alumnos?
España parece haberse hecho preguntas bastante distintas. ¿Cómo podemos reducir el fracaso? ¿Quizá reduciendo la exigencia y haciendo que fracasar tenga cada vez menos consecuencias? ¿Qué tal si nos fijamos en aspectos accesorios para desviar la atención de los problemas que todos vemos delante?
Mi conclusión personal
No creo que debamos importar el sistema singapurense. He visto demasiado de cerca su coste para las familias como para desearlo. Una infancia no debería ser una carrera armamentística y una sociedad meritocrática deja de serlo cuando algunas familias pueden comprar muchas más armas que otras.
Pero entre convertir a un niño de doce años en un opositor y convencerle de que cualquier exigencia académica es una forma de violencia existe un territorio bastante amplio.
El problema en España, y esta es mi opinión, es que cada vez resulta políticamente más difícil hablar de exigencia académica, disciplina y autoridad del profesor, esfuerzo, evaluación y consecuencias del bajo rendimiento, sin añadir inmediatamente una disculpa por si alguien se ofende. Patada adelante, padres contentos y mientras tanto, nuestros hijos salen cada vez menos preparados. Mientras reducimos las exigencias dentro del sistema educativo, el mundo fuera de él no está reduciendo ninguna.
Nuestros hijos competirán con jóvenes formados en Singapur, China, Corea, India; y competirán además con máquinas capaces de hacer una parte creciente del trabajo intelectual. Podemos decidir exigirles menos. El mundo al que salen no tiene ninguna obligación de hacer lo mismo.
Singapur acaba de «fracasar» en PISA: primero en lectura y segundo en matemáticas y ciencias. Y su Gobierno ya está pensando qué debe cambiar.
España acaba de obtener los peores resultados de su historia. Y no creo que cambie nada.
Quizá la diferencia más interesante entre ambos sistemas no esté en la posición que ocupan en el ranking, sino en lo que hacen cuando descubren que algo no funciona.
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