¿Puede el Estado elegir a tus vecinos?
En Europa solemos lamentarnos de la segregación residencial y los guetos. Singapur responde: de acuerdo, entonces no permitamos que ocurra.
La siguiente pregunta es incómoda: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar? Singapur responde: hasta la cocina.
El Gobierno de Singapur es uno de los que más se inmiscuyen en la vida de los ciudadanos. Pero antes de que juzgues, un par de puntos.
Punto 1: En los años 60, Singapur sufrió dos oleadas de disturbios raciales entre chinos y malayos. Hubo decenas de muertos y centenares de heridos. Fue un trauma que marcó a toda una generación. Desde entonces, la armonía racial es una obsesión para el Gobierno.
Punto 2: En 2025, el desglose de población por etnia era de 74% chinos, 13,5% malayos, 9% indios (que incluye tamiles, sijs, etc.) y 3,5% otros. El equivalente del DNI incluye como dato la raza del ciudadano; el mío decía “caucásico”.
Punto 3: Hoy, el 80% de los singapurenses vive en vivienda pública. De ellos, el 90% son propietarios. Por eso, cuando el Estado establece las reglas, está influyendo en cómo vive una parte enorme del país.
Singapur es un país multicultural donde conviven cuatro etnias, cuatro idiomas oficiales y un sinfín de religiones. Es también uno de los países más prósperos del mundo y ha sabido mantener durante décadas una convivencia racial extraordinariamente estable.
La pregunta interesante, por tanto, no es si Singapur interviene demasiado. Es qué obtiene a cambio. Es LA preguntay puede plantearse en infinidad de aspectos: economía, inmigración, planificación urbana, seguridad…
UN HDB (vivienda pública) engalanado para la fiesta nacional. Esos corredorees son áreas comunes diseñados para que los vecinos interactúen.
Pero ¿cómo funciona exactamente? Desde 1989 existe la Ethnic Integration Policy (EIP). El objetivo es evitar la formación de enclaves raciales y fomentar que chinos, malayos, indios y otros grupos vivan mezclados. Para ello establecen cuotas étnicas máximas tanto por bloque como por barrio. Es decir, puedes tener comprador para tu piso, pero no poder venderlo porque se llama Venkateswaran Subramaniam Krishnamurthy Rajagopalan.
Además de la etnia, hay otros factores que determinan el acceso a la vivienda de protección oficial. El Gobierno siempre ha favorecido la familia nuclear. Una pareja puede solicitar vivienda desde los 21 años, pero un ciudadano soltero deber esperar a los 35 años. Hay matices, pero básicamente es así (varios de mis compañeros de trabajo estaban en esa situación y seguían viviendo con sus padres pasados los treinta). Como Singapur no reconoce el matrimonio entre personas del mismo sexo, una pareja homosexual no puede acceder a la vivienda pública como matrimonio y queda sujeta a las reglas aplicables a los solteros.
Tener hijos también importa. Determinadas familias primerizas, especialmente matrimonios jóvenes y familias con hijos, reciben más oportunidades en los sorteos; algunos programas reservan para ellas hasta el 40% de determinadas promociones.
Finalmente, el Gobierno da prioridad a padres e hijos que quieran vivir juntos o cerca (4 Km o menos). En el confucionismo existe el concepto de “piedad filial”: los hijos tienen el deber de respetar, cuidar y apoyar a sus padres y mayores, reconociendo la deuda que tienen hacia ellos (es un concepto que intento inculcar a mi hija, sin éxito). Muchas parejas con hijos acogen en sus casas a sus padres mayores, o les dan una asignación mensual.
¿Y qué pasa si un señor de Murcia quiere comprar una vivienda pública? Para empezar, debe ser residente permanente, un estatus que solo se consigue al cabo de unos años de residencia. Luego (ya lo veías venir) hay un máximo aplicable a extranjeros (no malayos, esos van por otro lado) de alrededor del 5%.
Nos daba la sensación de que durante décadas usaron los mismos planos, porque la mayoría de los HDB son iguales.
¿Funciona? Compartir bloque no significa compartir amigos, colegios, parejas o círculos sociales. Una cuota puede mezclar domicilios, pero no necesariamente vidas.
Pero Singapur parte de una premisa incómoda: si dejamos completamente al mercado y a los individuos decidir dónde y con quién vivir, la segregación aparece sola. Su respuesta ha sido intervenir.
La pregunta no es si nosotros haríamos lo mismo. La pregunta es más difícil: si rechazamos sus métodos, ¿tenemos una solución mejor para el problema que intentan resolver?
Pues eso.
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